Mis días en el gimnasio

Nunca he sido una persona acostumbrada a ejercitarse constantemente. Si bien en mi época de estudiante de secundaria y preparatoria disfrutaba jugar voleibol y en la universidad asistía regularmente a clases de yoga y spinning como actividad recreativa, hubo un momento en el que por alguna razón lo dejé.

Sin embargo, empezar a hacer ejercicio “para sentirme con más energía” se convirtió en un hábito a partir de una serie de sucesos que coincidieron – y quiero pensarlo así – para bien. Un corazón roto más un grupo de compañeras de trabajo motivadas para estar en forma,  con recompensa económica incluida, fueron los primeros ingredientes que me empujaron a levantarme más temprano mínimo cuatro días a la semana. La regla, comprobar por medio de una foto que incluyera la hora el haber pasado tiempo en el gimnasio.

Pero el detonante para decir “necesito empezar ahora” fue el trabajo. Una nota que incluía subir al cráter de un volcán requiere de una condición física que en un año se había mermado ((Puedes ver el reportaje de volcanes monogenéticos aquí)). Mi rutina diaria había cambiado de la noche a la mañana. Caminaba aproximadamente 15mil pasos al día (lo recomendado son 10mil, el oficinista promedio anda 3mil) a pasar tres horas diarias sentada en la parte trasera de un auto recorriendo la ciudad para ir de un llamado a otro, sin contar el tiempo que invertía en la oficina. Me había convertido en una persona sedentaria.  Y es que en la vida del reportero, se combinaron estos factores con días donde te malpasas hasta momentos para encontrar un lugar delicioso para comer una y otra vez.  Los estragos se empezaron a sentir.

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Imagen tomada de Pinterest.

Y así pasaron los días. Fotos de tenis o la pantalla con los dos kilómetros recorridos en la caminadora, sumando chistes y frases motivacionales, empezaron a llenar un grupo de whatsapp donde todas nos echábamos porras. Los primeros días fueron los más difíciles. En las mañanas me sentía adormilada, las rutinas me parecían tediosas, odiaba que me doliera el cuerpo y me apenaba ver que me cansaba con cargar la primer barra de los aparatos o unas pesas de apenas dos kilos.

12 semanas, dos entrenadores, un par de barritas más (que se convierten en pequeñas victorias) y tres cambios de rutina después me siento con más energía. Desayuno mejor y más nutritivo. Ya no me cuesta trabajo levantarme temprano. Me he vuelto una persona más ordenada y lo mejor de todo, es que anímicamente (aunque siempre he procurado ser así) me noto más alegre y con mejor humor.

¿Que si hay días que no quiero ir? Sí, como todo, pero no tengo una razón para decir que no porque la experiencia ha sido divertida, muy divertida. Además, es uno de los momentos del día en el que estoy completamente conmigo misma. Y en ciudades tan grandes, aceleradas y a veces caóticas como la nuestra, es necesario encontrar espacios personales. Haciendo un recuento de los daños, he ganado más a nivel individual. Al final, no solo es el cuerpo el que se fortalece, también lo hace la mente.

Si mis palabras motivan a alguien a animarse a dar unos cuantos pasos extras a su día, ¡qué padre! Les prometo que no se van a arrepentir.

A Mariana, Fitzia y Lau gracias por se mis compañeras en esta aventura y por no dejarme claudicar.

 

 

 

 

 


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